13 enero, 2006

De viaje

Hoy me he despertado dentro de una caja de madera, así que me imagino que han vuelto a confundirse y me han vuelto a mandar por error a EEUU en lugar de un reloj deportivo. Por alguna razón siempre me confunden con unos relojes deportivos que venden por la tele y cuando envían el paquete me meten a mi dentro por error.

A mi me parece bien, porque así conozco a gente nueva y veo como son las cosas en otros países. Por ahora sólo me han enviado a EEUU.

Cuando llego a EEUU, un hombre raro abre la caja vestido con un mono gris y una camiseta amarilla. Siempre pone cara de asombro al verme, como si no hubiera visto a un niño etíope en su vida. Ellos si que son raros... en EEUU la mayoría de la gente tiene una enfermedad que hace que se hinchen y se pongan como blancos, pero por ahora no me la han pegado, porque siempre llevo conmigo una pomada que me dió mi padre por si me picaban los mosquitos.

Cuando me sacan de la caja, me llevan a una habitación que es como todo mi barrio de grande. La madera de las paredes en EEUU es muy sólida y a veces es incluso transparente. He intentado clavar mi cuchillo en la madera para comprobar lo dura que es, pero siempre viene un señor que está hinchado como los otros pero que aún no se ha puesto blanco, me dice algo que no entiendo porque habla como si se hubiera tragado un cardo y tubiera la boca llena de agua y me pone unas pulseras metálicas. Luego siempre me llevan a otra habitación donde hay unos hombres con unos trajes de flores verdes que van corriendo a todas partes y siempre llevan un palo negro que parece muy pesado por lo que sudan un huevo. Luego, los hombres de los trajes de flores y yo nos subimos en un avión también pintado de flores, nos vamos a dar una vuelta y al cabo de varias horas me ponen una mochila y me tiran por la ventana.

Como los aviones van muy alto, tardo un tiempo en llegar al suelo, y encima siempre sale una manta de la mochila que me hace ir más despacio aún. Siempre he querido cortar unas cuerdas que son lo que hace que la manta se enrede a mi mochila, pero siempre me quitan el cuchillo los hombres de los trajes de flores. Al cabo de un rato llego al suelo, cojo la manta, se la llevo a mi padre y llego justo a tiempo de cenar.

Esta vez he sido previsor y he traido dos cuchillos, porque siempre me quitan uno.. Así al menos no tendré que esperar colgado de la manta hasta llegar al suelo, que siempre me aburro.

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